Las ocho de la noche. Un pueblito pequeño, extendido entre las montañas del centro de México. La luna se había convertido en el único foco que iluminaba el lugar. Todo estaba a oscuras. Tomasa corría entre los pastizales, moviendo sus largas faltas, con sus “chanclas” en mano. Descalza avanzaba más rápido.
Faltaba poco tiempo para que su padre llegara a la casa del campo – o de la cantina, y un hombre de familia no dejaría que una de sus hijas estuviera en la calle tan tarde, a pesar de que ella solo estaba terminando sus labores en la iglesia. Corrió y corrió, el tiempo había pasado más rápidamente de lo que ella esperaba. Tenía miedo, ella sabía que su padre era capaz de cualquier cosa, sobre todo cuando venía borracho.
Eran pocos minutos después de las ocho cuando Tomasa llegó a la puerta de su hogar. Una sensación de alivio le recorrió el cuerpo al darse cuenta que no había nadie más. Una sensación que duró pocos segundos. Intentó abrir la puerta en silencio. No quería hacer ruido para no llamar la atención de los vecinos, sin embargo, cuando intentó empujar la puerta esta se trabó. Su padre era el que la detenía.
“No vuelves a entrar a la casa ¿Qué haces en la calle tan noche? No ves que es una vergüenza para la familia que una mujer ande en la calle a estas horas. Parece que quieres ser mujer de la calle, pues hoy te quedas en ella”, gritó. Y cerró la puerta de un fuerte tirón. Tomasa se quedó sentada, afuera de la casa. Intentó treparse al techo, pero estaba demasiado resbaloso. Había llovido toda la tarde. Pasó la noche afuera, llorando. Fue una pesadilla que su propio padre le negara la entrada “por no llegar a una hora decente”.
Años después, este recuerdo no la dejaría nunca. Una mujer analfabeta que, sin estudios y sin muchas opciones, tuvo que conseguir trabajo y mantener a una familia. “Yo creía que la mujer no valía tanto como un hombre, pues nosotras no acabábamos la escuela. Desde que aprendí a leer, me di cuenta de que la mujer se debe de levantar sola”, comentó Tomasa al contar su experiencia como mujer indígena proveniente de una comunidad marginada en el estado de Hidalgo, México.
El analfabetismo en México es una realidad. Hoy en día afecta a más de 3 millones de mujeres indígenas en el país, mismo que las margina y les crea barreras del miedo. En las comunidades indígenas, lo más común es que se mande a los hombres a la escuela ya que se tiene la creencia de que si la mujer se va a casar y va a tener hijos ¿Para que invertir en su educación?.
Otra historia que parece cuento – en estos momentos es cuando podemos afirmar que la realidad traspasa a la ficción, es la de María. Una mujer que nació en una comunidad Otomí, en donde nadie le enseño a hablar español. La casaron desde muy joven, antes de los 15 años, sin su consentimiento, y años después el marido la dejo sola, con 4 hijos a su cargo.
“Sin escuela y sin saber escribir, me enfrenté a un mundo en otro idioma”, dijo María. Sus labios temblaban cuando habló sobre la manera en la que combatió su más grande miedo: aprender español. “Cuando yo tenía que firmar un papel me daba un miedo, como indígena y como analfabeta, y sin el español, yo creía que eso de poner tu nombre en documentos importantes era solo cosa de hombres porque así fui criada”, decía la indígena.
México es un país desigual, en donde hay gente con demasiado dinero, mientras que muchos otros viven en una pobreza extrema. En un estudio elaborado por la iniciativa ciudadana Mexicanos Primero, comprueba que la alarmante inequidad en la distribución del dinero se encuentra también en el aprendizaje. Las desigualdades “socioeconómicas y socioculturales” son proporcionales a las oportunidades educativas de los ciudadanos. Es decir, si una familia indígena sobrevive a duras penas con un salario mínimo ¿Qué importancia le pueden dar a su educación? El pan es primero.
Mientras que la Ciudad de México tiene indicadores comparables con grandes ciudades de Europa, en otros estados de la república la situación es comparable con los países más pobres de África. Por ejemplo, las entidades federativas con mayor proporción de analfabetas son Chiapas con 18.41 % de su población; Guerrero con el 17.53% y Oaxaca con el 16.92% – mismas que tienen las tazas más altas de población indígena de todo el país.
Situaciones alarmantes, las mujeres –y sobre todo las indígenas, son las más afectadas por el analfabetismo en México. Y es que el no saber leer y escribir en un mundo que ha sido diseñado para letrados, no es nada fácil. Sin embargo, las mujeres del Mezquital, después de contar sus dolorosas experiencias, hablaron sobre la manera en la que se antepusieron a estos obstáculos de la educación y del idioma, al aprender a escribir y leer en su etapa adulta, conocimiento que les ayudó para emprender sus propios negocios.
“Las mujeres nunca vamos a dejar de caernos, pero debemos recordar que valemos mucho, y que no debemos de tener miedos”, concluyó María, agitando sus manos en el aire, con una voz fuerte y ronca y con una sonrisa blanca y grande en el rostro. Ella era invencible.
(Andrea Arzaba, México DF, Marzo 2013)